Economía colaborativa: de la nueva vida digital a la precarización laboral

Hace unos años apareció en la prensa de todo el mundo un concepto para definir una serie de nuevos negocios que comenzaban a crecer. Aunque de tipología muy diversa, todos ellos tenían en común su raíz digital –se pensaron y crecieron en la sociedad interconectada de internet- y una forma novedosa de integrar a parte de la población en su actividad económica.

De aquella especie de revolución empresarial surgieron nombres en la actualidad tan conocidos como Airbnb, Blablacar o Deliveroo, entre muchos otros. A pesar de su corta edad, estas empresas coinciden en contar con marcas ampliamente conocidas y con centenares de miles de clientes repartidos por el mundo.

Aunque compañías como las mencionadas trabajan dentro de industrias muy diferentes (alojamiento, transporte, restauración, etc.), de algún modo todas ellas acabaron por inscribirse dentro de ese concepto al que hacíamos referencia antes: la economía colaborativa.

¿Pero es realmente colaborativa esta economía? ¿Qué ha supuesto para sus sectores la llegada de estas formas de negocio? ¿Qué ventajas tienen para el consumidor final? Vamos a tratar de explicarlo.

Una nueva forma de intercambio digital

Como también ha ocurrido en otras muchas esferas de nuestra vida, Internet ha cambiado radicalmente la manera en la que accedemos a ciertos productos y servicios. Hasta hace poco, la única opción para contar por ejemplo con un espacio de trabajo propio era alquilando o comprando una oficina por un alto precio.

Sin embargo, hoy en día el hecho de compartir espacios de este tipo a partir del modelo del coworking es cada vez más habitual. Múltiples empresas ponen en contacto a través de Internet a personas interesadas en hacer frente de manera conjunta a gastos comunes como la luz, el agua, o el propio alquiler de un local de trabajo. El resultado es un menor coste para sus usuarios y un encaje perfecto para ese nuevo tipo de profesional autónomo e independiente.

Pero el concepto de economía colaborativa no se queda ni mucho menos ahí. La idea de compartir un inmueble entre personas inicialmente desconocidas fue el germen de las empresas de alojamiento que han puesto patas arriba el mercado turístico. El plan era aparentemente perfecto: colgar un anuncio online para sacar un dinero extra gracias a esa habitación libre que tienes en casa. El mismo ejemplo vale para tu vehículo. Si antes los gastos en gasolina suponían una pesada carga; ahora hacer ese mismo viaje acompañado por otras personas cubre los costes del desplazamiento.

Este tipo de razonamientos, que ahora nos parecen tan naturales, podían sonar a majadería hace no demasiado tiempo. Sobre todo si echamos la vista hasta los primeros años de Internet, cuando el uso de la red no estaba tan extendido entre el ciudadano común. Pero la democratización de Internet abrió nuevas ventanas de oportunidad, de las que surgieron ideas que apostaban claramente por el intercambio de bienes y servicios entre todo tipo de personas. Para ello el canal digital resultó ser indispensable.

Efectos colaterales de la economía colaborativa

Pero las ventajas que aporta la economía colaborativa tienen también su reverso oscuro. Aunque es importante diferenciar entre las diferentes empresas y modelos, en los últimos meses se ha extendido la voz de alarma sobre las malas condiciones laborales que implican ciertos negocios de reparto a domicilio.

Especialmente en las grandes ciudades ya es muy común ver a jóvenes (y no tan jóvenes) en bicicleta o moto con una gran mochila a cuestas y que se dirigen a realizar una entrega. El problema llega cuando se rasca un poco en las tarifas que reciben por reparto o en el tipo de relación laboral que establecen con la empresa.

Tal y como ya han señalado algunas informes oficiales, en la mayoría de los casos estas compañías contratan a sus trabajadores bajo la figura del autónomo tradicional, cuando el tipo de trabajo que desempeñan realmente no encaja en este modelo. Ello implica unas peores condiciones de salario, estabilidad o seguridad laboral.

Yendo a otro sector económico como la vivienda también se pueden encontrar consecuencias negativas de la irrupción de estos nuevos agentes. La proliferación de pisos dedicados al turismo en los barrios más céntricos de las grandes ciudades ha provocado el aumento de los precios del alquiler o la compra en estas zonas. Esta tendencia supone un problema para los vecinos de dichos barrios, muchos de los cuales acaban teniendo que abandonar su vivienda.

A pesar de tratarse de un tema complejo y de difícil solución, muchos expertos coinciden en que el elemento clave para paliar estos perjuicios de la economía colaborativa está en su regulación. Es decir, crear unas leyes que puedan dar cabida a esta nueva economía, cada vez más presente.

Un cambio disruptivo y global

En relación a este último punto es importante señalar la magnitud del cambio que supone este fenómeno. En el ámbito de las empresas tecnológicas hay un término que suele estar en boca de todos: la disrupción. ¿Y qué es eso exactamente? Pues el cambio disruptivo no deja ser la modificación estructural (de arriba a abajo) de un sector económico. Es decir, ofrecer al cliente una solución verdaderamente diferente a las existentes hasta entonces.

Un ejemplo perfecto de esto es lo ocurrido con el sector del taxi. La aparición de empresas como Uber o Cabify trajo la oferta de un servicio ya conocido (transporte privado de pago en las ciudades) pero bajo unas nuevas reglas (conductores no profesionales y por tanto con tarifas más bajas). Ello generó inmediatamente una enorme demanda, especialmente entre el público más habituado a las aplicaciones móviles.

Este éxito desembocó en un conflicto todavía no resuelto con el sector del taxi tradicional, que siente su futuro amenazado ante la aparición de estos nuevos agentes. Los cuales en ocasiones actúan al borde de la legalidad (o jugando con la ambigüedad de leyes escritas antes de su aparición).

Por tanto, el debate y las preguntas están servidas: ¿Cómo evolucionará la economía colaborativa?, ¿lograrán sobrevivir las empresas tradicionales?, ¿se conseguirá minimizar los efectos negativos de estos nuevos agentes económicos? En los próximos años sabremos la respuesta.

ECONOMÍA COLABORATIVA: DE LA NUEVA VIDA DIGITAL A LA PRECARIZACIÓN LABORAL
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