Marruecos en 7 días

¡Hola! Soy David, instagramer de viajes en @themisterworld. Lo que os contaré es otra inolvidable experiencia, esta vez, en Marruecos. Una semana de mi vida condensada en las líneas que siguen a continuación. ¡Acompáñame!

Viajar a Marruecos

Como siempre, empiezo recordando que hay que llevar el pasaporte con un mínimo de seis meses de vigencia, mochila y seguro preparados. Era febrero, así que toca ir un poco tapado, aunque sea Marruecos.

El vuelo salía a las 6:15 así que tocó madrugar; ya sabéis como de impredecibles son las esperas en los aeropuertos. Si va todo bien esperas y piensas: “Podría haber salido más tarde de casa…” pero si hay algún problema… sufres. Aun así, el vuelo salió con media hora de retraso. Dos horas y media pegado a la ventana del avión. Sí, soy de los que disfruta cada minuto del vuelo.

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En Marruecos es una hora menos, por lo tanto, a las 9 estábamos en el aeropuerto Marrakech Menara. Rellenamos el formulario de entrada y sin darnos cuenta ya estábamos camino de Essaouira, fácil y rápido. Nada más salir del aeropuerto – lugar donde siempre se regatea con mucha desventaja – acordamos un precio de 100 dírhams (10 euros) para ir de Marrakech Menara a Essaouira.

Empezaron pidiendo 250 dírhams. Nos plantamos y tiramos hacia el bus para ir a Marrakech ciudad. En 20 segundos bajaron el precio 3 veces. Hasta que llegan al precio que tu propusiste anteriormente, un clásico. El buen hombre nos llevó hasta nuestro destino, despacio. Muy despacio. Parece que es costumbre conducir sin ninguna prisa. Es un tráfico algo desordenado, pero seguro. Nada que ver con Tailandia o la India.

Essaouira

En Essaouira nos instalamos en el hostel y acto seguido nos dirigimos a un pequeño restaurante local, curiosos por la cocina marroquí. La primera impresión fue realmente impactante. Tajine de kefta. Un tajine es un recipiente para cocinar fabricado en barro cocido, y compuesto por un plato hondo y una tapa de forma cónica.

Además de al recipiente, también se llama tajine al guiso que se prepara en él. Kefta es carne picada en forma de bola, similar a las albóndigas. Exquisito, de verdad. Con las horas que llevábamos sin comer ese manjar fue revitalizante. Más tarde vimos el puerto de la ciudad y la playa, una estampa preciosa.

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Por cierto, a los marroquíes – en general – no les gusta que les tomes fotos, no quieren salir cuando capturas momentos o situaciones cotidianas, así que sed respetuosos con esto. La confortable temperatura proporcionada por las horas de sol se desvaneció lentamente con la oscuridad de la noche. Fue un día larguísimo que acabó después de cenar chawarma y regresar al hostel.

Escapada a Sidi Kaouki

Al día siguiente nos despertamos todavía somnolientos. Durante el desayuno conocimos a mochileros y mochileras de otros sitios. Organizamos una excursión a Sidi Kaouki. Todo muy improvisado, y eso es bueno. Trayecto en taxi de 30 minutos y nuevo sitio donde hacer actividades que, sencillamente, llenan tu tiempo de felicidad. Mañana de surf y tarde montando a caballo.

En medio, un buen menú de pescado por menos de 50 dírhams (5 euros). Volviendo al surf, remarcar la fortísima corriente que nos obligaba a luchar continuamente para avanzar. Por 50 dírhams dos horas, no está nada mal.

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El caballo, inolvidable experiencia, y ahora os cuento porqué. De los 7 caballos, el mío era el más joven. Era el que iba delante. Por alguna extraña razón confiaron en mi supuesta habilidad para montar a caballo y me dejaron campar a mis anchas. A los 5 minutos estaba cabalgando. Llegué al final de la playa, dejando los otros atrás.

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Al volver, me dijeron que hiciera el camino de vuelta solo, con cuidado. Total libertad. Apunto que era mi segunda vez montando a caballo; había montado 8 años atrás y en grupo, muy controlado. Todo perfecto, preciosa puesta de sol y yo, a lomos de un caballo que obedecía mis órdenes como si de su dueño se tratara. La guinda, al final.

Llego al punto de donde habíamos salido y mientras – todavía montado – me estoy tomando unas fotos con la GoPro, un caballo que andaba suelto viene, muy agresivo, hacia el mío. Fue todo muy rápido. Intente calmarlos a los dos, pero ya sabréis que son animales muy nerviosos. Un par de segundos después mi caballo estaba sobre sus dos patas traseras y yo en caída libre hacia la arena.

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La escena y el golpe debieron ser de película; visto en tercera persona, claro. Me levanté rápido temiendo que la aparatosa pelea de caballos acabara con uno de ellos encima mío. Por suerte para mí, eso no ocurrió. Como tampoco ocurrió que mi cadera golpeara una de las piedras de la playa en lugar de la “suave” arena. Un golpe fuerte, pero poquita cosa, teniendo en cuenta la altura considerable que tiene el animal estando sobre sus patas traseras.

Cogimos el último autobús de vuelta a Essaouira y comimos en un buen restaurante. Mi primer cuscús por 65 dirhams, muy rico. Para acabar un día trepidante, fuimos a un bar llamado Tanos a por una copa. Hay pocos que vendan alcohol porque los musulmanes, en teoría, no beben alcohol.

Marrakech

En nuestro tercer día, dejamos el hostal y cogimos el bus de vuelta a Marrakech para empezar la segunda parte del viaje.

En Marrakech lo primero que hicimos fue ir al Jemaa El-Fnaa, una de las plazas más famosas de África. Cobras, monos, águilas, espectáculos, comida, ruido y olores de todo tipo. Hay que visitarla, es algo que no te puedes perder. Después de comer algo visitamos el zoco. Se trata de un complicado entramado de callejones estrechos llenos de tiendas donde puedes encontrar todo tipo de souvenires.

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Visita a Ourika

Acto seguido, dormimos unas horas y dejamos Marrakech de nuevo. Esta vez rumbo a Ourika, un valle por donde puedes hacer un trekking que sigue un río lleno de cascadas. La verdad es que desde el pueblo es fácil de encontrar el camino correcto. No obstante, hay gente local que se dedica a hacer de guía y te va diciendo que el camino que sigues es incorrecto para llevarte por otro exactamente equivalente. Si no quieres verte obligado a pagarles, confía en ti, total, si te equivocas siempre puedes retroceder.

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La excursión visita concretamente siete cascadas, aunque solo pudimos ver cuatro porque estaba nevado y era difícil avanzar a partir de la cuarta. Bajamos hasta el pueblo de nuevo donde nos esperaba Mubarek, nuestro simpático taxista. ¡En el parking donde estaba aparcado había monos! Debido a las intensas nevadas, habían bajado al nivel del pueblo. Al parecer es algo que no pasa muy a menudo.

Parada en Imlil

Al mediodía seguimos nuestra ruta hasta Imlil, un paraíso de montaña. Nada más llegar, nos sentamos a comer en un sitio de aspecto humilde. Nos vieron con cara de frío y nos pusieron brasas sobre la mesa. Nos ganaron con ese gesto, la verdad. Comimos muy bien, fue un exceso incluso. Al salir hacía el mismo frío, pero estábamos llenos.

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Imlil es un pueblo situado a 1800 metros y nos alojábamos en una especie de apartamento muy bonito donde el fuego de leña no daba abasto. Siempre recordaré el estar todos reunidos cerca del fuego jugando y charlando. Dormimos calentitos, eso sí, con 5 mantas por persona.

La mañana siguiente hicimos la excursión camino del Toubkal. Me refiero en su dirección, no estábamos preparados para subirlo, creedme. Aunque es algo que queda pendiente. Solo llegamos a Armoud, un pueblo cercano, solo hay que seguir el río. El pueblo está colgado de la montaña y goza de unas vistas preciosas, incluso mejores que las de Imlil. Después de una mañana de trekking, comimos algo y nos subimos otra vez al taxi de Mubarek camino de Marrakech. Esta vez para quedarnos.

De vuelta a la ciudad roja

Llegamos a Marrakech con una idea clara: relajarnos en un hammam. Un hammam es un baño árabe que consis

te en lavarte con agua caliente, vapor, barro exfoliante y demás. Es todo un ritual, una reunión social y un ritual de higiene para ellos. Existen unos más tradicionales y otros más orientados al turista. Nosotros fuimos a uno intermedio. Salimos de allí muy satisfechos. Si tenéis la oportunidad, probadlo. No defrauda. Si viajas a lo mochilero siempre se agradece un punto de pausa y relajación.

Amanecía un nuevo día, el último. Por la mañana nos dedicamos a visitar el palacio de la Bahía, las tumbas Saadíes, el palacio Badi y la mezquita Koutoubia, con su minarete de 66 metros. Hay más cosas interesantes, pero con tan poco tiempo había que escoger.

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Por la tarde hicimos unas compras obligadas en el zoco, poco más. Casi nos perdemos cuando ya lo cerraban. Ciertos individuos nos guiaban de forma errónea, supongo que para acabar guiándote correctamente a cambio de dinero. Aprovechan cualquier oportunidad de negocio.

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Para terminar el viaje fuimos a cenar por tercera vez en un bar muy pequeño donde servían unos tajines y una tortilla con queso increíbles. Después de otro día movidito, nos tocó dormir unas horas y volver a Barcelona muy temprano.

Así acabó el viaje, dejándome con ganas de más, pero con esa sensación de haber descubierto una nueva forma de ver las cosas, algo de valor incalculable que te llevas después de cada viaje.

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